La reapertura de los salones de peluquería tras periodos de cierre obligado exige un enfoque riguroso en seguridad e higiene. En este contexto, el sector español ha dado un paso decisivo al consensuar una guía de recomendaciones que sirve como referencia común para todos los establecimientos. Esta herramienta, elaborada por la Asociación Nacional de Perfumería y Cosmética (Stanpa) junto a las principales asociaciones de fabricantes y salones, integra medidas preventivas aplicables a la prestación de servicios de peluquería.
El objetivo es claro: garantizar la protección tanto de los trabajadores como de los clientes sin renunciar a la esencia de un servicio que combina cuidado personal, bienestar emocional y cercanía. La guía no sustituye la normativa oficial, pero funciona como un marco práctico de actuación que cada salón puede adaptar a sus dimensiones, flujo de clientes y recursos disponibles.
Ocho de cada diez personas visitan regularmente la peluquería, lo que demuestra que este servicio responde a necesidades biológicas, sociales y emocionales que van más allá de la estética. Tras un confinamiento prolongado, retomar el cuidado del cabello y del aspecto personal se convierte en un elemento clave para recuperar la normalidad y fortalecer la autoestima.
El mercado de la peluquería en España alcanza una facturación anual de 4.100 millones de euros y emplea a más de 150.000 trabajadores de forma directa en 48.200 salones distribuidos por todo el territorio nacional. Esta capilaridad convierte al sector en un vector esencial de empleo local y en un termómetro de la reactivación económica de barrios y ciudades.
El control del espacio físico es la primera barrera de protección. La guía establece que todas las áreas deben estar señalizadas para respetar la distancia mínima de seguridad, ya sea mediante marcas en el suelo o barreras físicas. Restringir el número de clientes en función del tamaño del local y aplicar una flexibilidad horaria permiten dar servicio de forma escalonada, evitando aglomeraciones en recepción y zonas de espera.
La señalización visual no solo organiza el flujo de personas, sino que también transmite confianza. Cada cliente percibe que el establecimiento cumple unas normas claras de protección, lo que refuerza la decisión de volver a acudir al salón. La distribución de los puestos de trabajo debe revisarse para mantener una separación adecuada entre sillones y estaciones de peinado.
| Área del salón | Medida esencial recomendada |
|---|---|
| Recepción y zona de espera | Marcas en el suelo separadas dos metros, control de aforo y eliminación de revistas compartidas. |
| Estaciones de trabajo | Separación entre sillones, higienización de herramientas después de cada cliente. |
| Zona de lavado | Sustitución de toallas de tela por toallas desechables individuales. |
| Cobro y despedida | Fomento del pago electrónico y desinfección del terminal tras cada uso. |
| Gestión de residuos | Contenedores específicos y de cierre para material desechable de protección. |
El material de protección desechable individual, como batas, toallas, guantes y mascarillas, debe depositarse en contenedores específicos habilitados dentro del local. Además, se recomienda eliminar los dispensadores de agua compartida y ofrecer botellas individuales o vasos de un solo uso. Estas pequeñas adaptaciones reducen significativamente los puntos de contacto cruzado.
Los trabajadores del salón asumen una exposición directa y prolongada al público, por lo que su protección merece una atención especial en el protocolo. La guía recomienda realizar un control de temperatura al inicio de la jornada y mantener en todo momento una distancia de seguridad de dos metros con otras personas, tanto compañeros como clientes, cuando la naturaleza del servicio lo permita.
La ropa de trabajo y el calzado deben ser de uso exclusivo en el salón y distintos a los utilizados antes y después de la jornada. Se aconseja lavarlos a diario a una temperatura mínima de 60 grados centígrados. También es recomendable evitar joyas en las manos, como pulseras, relojes o anillos, y llevar el cabello recogido para reducir superficies de contacto y facilitar la higiene entre servicios.
La cita previa se convierte en el instrumento prioritario para asegurar la atención individual de los clientes. Este sistema permite escalonar la llegada de personas, evitar esperas innecesarias y garantizar que cada servicio se desarrolla en un entorno controlado. Respetar los horarios asignados no solo protege al cliente, sino también al equipo profesional.
Además de la puntualidad, el cliente debe mantener en todo momento sus elementos de protección, como la mascarilla y, si se le facilita, la bata desechable. Las pertenencias personales se guardan en una bolsa individual que se entrega a la salida, evitando que entren en contacto con superficies compartidas. Queda restringida la disposición de revistas, prensa u otros objetos que puedan pasar de mano en mano.
El cierre temporal de los salones puso en evidencia la capilaridad de este sector y su importancia para la economía local. Con más de 150.000 empleos directos y una amplia presencia en todos los territorios, la peluquería actúa como un motor de actividad en pequeñas y medianas poblaciones. La crisis de 2008 ya demostró el mayor riesgo de desempleo que sufren estos profesionales, en su mayoría autónomos.
El perfil mayoritario es mujer autónoma, un 85 % del total, lo que añade una dimensión de género al impacto económico. La reapertura segura de los salones no solo contribuye a la recuperación del empleo, sino que también protege un tejido empresarial formado por microempresas y profesionales independientes que dependen de la confianza del cliente.
Desde el punto de vista social, el cuidado personal actúa como un elemento catalizador de la normalización. Numerosos profesionales de la psicología señalan la necesidad de retomar rutinas saludables de autocuidado y mantener una imagen personal cuidada para favorecer el estado de ánimo. Para personas con dificultades de movilidad, el servicio de peluquería es un recurso indispensable para mantener unas condiciones idóneas de aseo e higiene.
Para cualquier persona que acuda a una peluquería, el mensaje principal es que la seguridad depende de un esfuerzo compartido. Respetar la cita previa, llevar mascarilla, mantener la distancia y seguir las indicaciones del personal son gestos sencillos que protegen al conjunto. La confianza en el salón se construye sobre la claridad de las normas y la constancia en su aplicación.
En definitiva, estas pautas permiten recuperar un servicio esencial sin renunciar a la protección. Volver a la peluquería no es un acto superficial, sino una forma de cuidar la salud, el bienestar y la vida social dentro de un entorno preparado para minimizar riesgos.
Los gestores de salones deben entender que la implementación de un protocolo no es una carga burocrática, sino una inversión en reputación y continuidad. Disponer de un documento interno con medidas claras, formación al equipo y registros de limpieza genera credibilidad ante clientes y autoridades. La coordinación con asociaciones sectoriales y fabricantes de productos profesionales facilita la actualización de estas directrices.
A nivel operativo, conviene realizar una auditoría previa del local para identificar los puntos de mayor contacto, redistribuir los espacios y formar al personal en los procedimientos de higiene. La flexibilidad horaria y la gestión eficaz de la agenda son herramientas estratégicas para mantener la rentabilidad sin comprometer la seguridad. La digitalización del cobro, la comunicación con el cliente y el control de aforo son aliados imprescindibles en esta nueva etapa.
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